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No soy politólogo, ni sociológo, ni historiador, ni critico literario. Tampoco soy profesor, escritor o músico. Aunque les confieso que me gustaría ser algo de todo lo que mencione. Vivimos tiempos cruciales, intensos. No es momento de callarse la boca, de cruzarse de brazos. El pensamiento y la acción ponen en movimiento las ideas. Ellas siempre nacen crudas, incompletas, imperfectas. Razonarlas a fuego lento, difundiéndolas y discutiéndolas, es tarea crucial de la existencia. En éste, mi blog, intento concretar esa tarea. Te invito a pasar, si tus intenciones son reflexionar, argumentar y debatir con respeto por la opinión del otro.

8 abr. 2011

SECRETOS PELIGROSOS. Ricardo

Ricardo tal vez sea el que menos tenga para perder en esta historia. Él es docente. Enseña Contabilidad en el mismo colegio que lo vió hacerse hombre. Se lo ve cansado. Es que suele trabajar doble jornada. Algo más de dinero siempre viene bien pero ese no es el principal motivo de su dedicación profesional. No tiene reparo alguno en confesar a sus amigos y colegas que trabaja tantas horas para evitar permanecer en su casa, viendo y escuchando a su "adorable" mujer. / Ricardo siempre había sido un seductor, un ganador. Su deporte favorito era el chamuyo a toda mujer atractiva que se le cruzase en la vía pública. Solía jactarse de sus conquistas pre y post matrimoniales aunque estas últimas cada vez eran más esporádicas: ¿un intento de sentar cabeza o una pérdida de su talento seductor? Se había casado siendo muy joven, probablemente presionado por la familia de la novia. Sí, el cazador había sido cazado. Pero ese matrimonio jamás funcionó. Más que una relación de amor y compañerismo se asemejó más a un calvario permanente donde Ricardo cargaba la cruz y su mujer empuñaba el látigo. Por lo menos así siempre lo había ejemplificado la supuesta víctima. Según sus propias palabras su mujer era un ser despreciable, primitivo, ignorante y envidioso, y por si faltara otra particularidad para completar el cuadro nefasto, también era una persona extremadamente celosa. Cabría aquí preguntarse si todas esas cualidades personales de la esposa de Ricardo ya estaban presente en ella, y con tanta magnitud, desde antes de su matrimonio con Ricardo o si en realidad se potenciaron con las actitudes y comportamientos de él. Porque lo cierto es que por más que ella intentase una marcación asfixiante, cuerpo a cuerpo, o por más que lo sometiese a interrogatorios feroces cada vez que regresaba de una salida, o que le controlase la hora en boletos de colectivo o tickets de compras intentando una paranoica verificación de la palabra de su marido, Ricardo no iba a dejar sus mañas y trampas así nomás, por el simple hecho de que era un picaflor y cambiar su naturaleza habría sido imposible, salvo que se procediese a cortarle las alas. ¿A quien correspondía entonces la responsabilidad por el fracaso de ese matrimonio? ¿A una de las partes? ¿A ambas partes? Quizás a ninguno de los dos, siendo posible pensar que el destino les jugó una mala pasada